Un 24 de marzo para mantener viva la memoria que es condición para construir un futuro mejor
El 24 de marzo es una fecha
triste, que nos recuerda contra qué visión de país trabajamos, militamos y
luchamos. La lectura de la historia y la construcción de la memoria son
actividades que están íntimamente ligadas a las exigencias del presente.
Nada más alejado de la realidad
que creer que el relato histórico no es materia de controversias. Por ello,
manifestarnos en contra de todo intento por hacer retroceder lo mucho avanzado
en materia de juicios, reconstrucción de verdad y memoria frente al terrorismo
de Estado es una obligación que se relaciona directamente con la construcción
del presente y el futuro. Desde la Corriente Fundadora UNM queremos convocar al
rescate de la memoria del trauma del terror paralizante y de la resignación y
el cinismo tan funcionales a la conservación del estado crecientemente hostil de
las relaciones y el orden social vigente.
Es por ello que creemos
necesario en esta fecha, oponernos enérgicamente a todo intento de olvido,
reducciones o convites a falsos debates (cuantitativos, omisiones,
equiparaciones absurdas, etc) motivados por oscuros fines mutilantes de las
posibilidades populares en cuanto a reconocerse en las mejores tradiciones de
luchas y avances para aprender y orientar la historia en función de sus deseos
e intereses.
Mucho de nuestro proyecto
universitario tiene que ver con el pensamiento crítico y la desnaturalización
del estado actual de las cosas. El compromiso por aportar a un proyecto
político de sociedad en que realmente todos podamos vivir mejor es un propósito
que bien puede definirse como el de desmontar, cuestionar, desandar, y recuperarnos
de todo lo que implicó ese Proceso Dictatorial genocida que produjo una
verdadera refundación de la sociedad, la economía y la cultura con una reorientación
regresiva en todos los planos, excluyente de millones de personas e
instauradora de valores destructivos de lazos sociales y de fraternidad, es
decir deshumanizando e instaurando reglas de barbarie.
Asumimos el desafío de entender
a la memoria y a la cultura como espacios de una lucha por el sentido vinculada
a los conflictos de la actualidad. Necesitamos entender la violencia en su
contexto histórico y su carácter fundante de los límites del país actual. El
exterminio de personas perpetrado por el terrorismo de estado no debe ser
pensado sólo como una atrocidad en sí misma, que lo es, sino también como un instrumento
para una verdadera política de clase favorable a un sector minoritario de la sociedad
y que fue configurando sólidos límites y condicionamientos para los intentos
posteriores de profundización democrática, extensión de derechos y desarrollo
económico y social. Es decir, implicó un legado poderoso que, aún en la avanzada
segunda década del siglo XXI, sigue marcando la vida de todos en Argentina, más
allá de los avances y recuperaciones que se lograron desde 1983, muy
especialmente entre 2003 y 2015.
No exageramos si señalamos que un programa de estudios y un proyecto de
desarrollo que no piense a las personas como meros costos a bajar se define por
la crítica y la oposición clara a ese mundo neoliberal de claro cuño procesista
instaurado a sangre y fuego en 1976 y cuyas ramificaciones aún marcan buena
parte de las estructuras sociales, culturales y económicas del país.
Vaciar la democracia con
miradas y discursos de “administración técnica” de lo dado, de clausura y
reducción de debates, de cercenamiento de oportunidades para millones de
compatriotas, de permanente fogoneo mediático y producción de verdades para que
pensemos a los otros sólo como objetos de miedo y desconfianza, es parte de la
herencia nefasta de la lamentablemente exitosa política de cambio cultural y de
mentalidad que generó el terrorismo de estado y cuyas raíces aún no terminamos
de extraer.
Esta fecha es una nueva oportunidad
para seguir definiendo como punto de partida la necesidad de seguir sacudiendo
todo ese “procesismo” que en buena medida seguimos teniendo como sociedad y adentro
de cada uno de nosotros.
Nos referimos a un mundo que
implicó una verdadera ofensiva antipopular desde la segunda mitad de los años
70s, con su correlato de cambios filosóficos, institucionales, económicos,
culturales y sociales que se impusieron hegemónicamente y que solo trajeron
decadencia, desigualdad, miseria, humillaciones, alienación, regresión social y
barbarie.
Una política de clase que contó
con los vientos arrasadores de una nueva fase capitalista mundial, es decir, con
su correlato nacional de deshacer los avances y conquistas que, con sus más y
sus menos, la sociedad argentina venía logrando darse hasta los primeros años
de la década de los '70s.
Sin duda, se refunda (y funde)
a la sociedad. Se buscaba disciplinarla y subordinar a las mayorías para lo
cual, en lo que hace a la economía política de la dictadura, había que
trastocar las estructuras económicas y todo vestigio de política e institucionalidad
desarrollista. Apertura comercial y liberalización financiera para beneficiar
con rentas a sólo un grupo de privilegiados: la valorización financiera de
capitales en reemplazo de la acumulación de capital con eje en la producción.
Esto implicó el inicio de una fase larga de caída del PIB per cápita, desindustrialización
sostenida, baja del valor agregado nacional, alza de la desocupación,
precarización laboral, desigualdad, pobreza e indigencia, concentración y
centralización del capital, mayor inestabilidad macroeconómica, extranjerización
y dolarización, multiplicación del endeudamiento externo y la fuga de capitales
al exterior, transnacionalización de actores nacionales. Así se empezó a hablar
de indigencia, un fenómeno desconocido en la Argentina previa a los años 80s. con
la inflación de mascarón de proa para legitimar, junto con la represión, la
aceptación de políticas de ajuste y regresión.
Un endeudamiento externo que
creció un 25% anual acumulativo entre 1975 y 1983, pasando de 7,7 45,9 mil
millones de dólares. Los obreros industriales fueron un 37% menos en 1983 que
en 1975, sólo una estación macabra de su proceso de reducción hasta casi un
tercio en 2001 (de 1,3 millones de trabajadores a 500.000 en 2001). La
participación de los asalariados en el ingreso nacional pasó súbita e
inéditamente del 48% en 1975 al 30% en 1977.
El Torino o el Chevy, por citar
autos emblemáticos de aquellos tiempos, tenían hasta mediados de la década del
70 no menos del 70% de partes y componentes fabricados en el país y, detrás de
eso, empleos y salarios, mercado interno, extensión de la clase media, una
historia de expectativas de movilidad social ascendente. Algunos proyectos de
infraestructura y de sustitución de importaciones avanzaban. La divisoria de
aguas de 1976, como decimos en nuestros cursos, no fue para resolver y superar,
para encarar desafíos nuevos de progreso a partir de ese piso previo de “densidad
nacional” nada despreciable, sino para tirar “el agua sucia con el niño adentro
de la bañera” (cierta maduración industrial y avance tecnológico nada
despreciables, cultura de trabajo, alto nivel de empleo, desarrollo urbano, un
Estado activo, etc.) .
Se modeló el país condenando a
millones de personas que pagaron muy caro toda esta transformación salvaje, en claro
sentido de verdadero retroceso y destrucción económica y social. Daños perdurables,
moldeo de sociedad y mentes de los cuales no nos hemos recuperado todavía en
una escala amplia. Las modificaciones del paisaje de
nuestro Conurbano Bonaerense han sido elocuentes, siendo un área urbana cuyo
desarrollo de servicios e infraestructura estaba especialmente ligado a la
industrialización.
Inocularon confusión, nuevo
tipo de expectativas materiales y aspiracionales a alguno grupos sociales que
fueron desligando crecientemente sus pretensiones y proyectos de vida respecto de
la suerte de las mayorías. Es decir, reclusión individualista y alienante de
corta mirada que supone una sociedad parcelada y estratificada, con ruptura de
lazos solidarios que solo puede generar violencia y deterioro de calidad de
vida de todos, incluso para muchos de los pocos privilegiados que puedan
recluirse en fortalezas de lujo y entretenimientos autistas, sólo con
apariencia de bienestar.
Es un mundo incompatible con la
democracia real, que da lugar y protección a todos, que extiende derechos de
ciudadanía y que es la negación de ley de la jungla neoliberal instaurada. Republicanismo
excluyente, institucionalismo para unos pocos privilegiados incompatible con
verdaderos contenidos democráticos.
Contar con dólares baratos asignados
a cualquier fin que no sea prioritario no puede ser un derecho de todos en una
economía periférica y subdesarrollada, con una estructura productiva
desequilibrada. No se puede pretender el acceso a patrones de consumos
sofisticados y propios de élites de países centrales sin correlato de exclusión
masiva de otras personas. No se pueden adoptar visiones económicas inspiradoras
de políticas recesivas que solo traen
desempleo y caídas salariales, y que en realidad suelen ser resultados
deliberadamente buscados para el disciplinamiento social y la transferencia de
ingresos en favor de minorías sin ninguna vocación por legitimar la misma con decisiones
de inversión productiva que activen motores de progreso para la ciudadanía
toda.
Hablar de la generación de un
clima de negocios, confianza y seguridades jurídicas, no es más que un discurso
clasista que nada explica, tal como verifica la historia, pero sí chantajea
para eliminar conquistas, inducir la culpa y la renuncia a derechos y, en
definitiva, deteriorar las condiciones de vida de las mayorías populares.
Es el programa económico, la
visión elitista y el modelo de sociedad de clara descendencia “procesista” el
que nunca parece retirarse y quedar sepultado, pareciendo confirmar el mito de
un “eterno retorno” que nubla la visión de que, en realidad, la historia
siempre está abierta al cambio de orientaciones, no tiene porqué repetirse y lo
propio de lo humano mismo y la vida tiene mucho más que ver con la permanente
modificación y transformación de las condiciones reinantes.
El denominado Proceso no implicó
respuestas superadoras a las insuficiencias históricas de un deseable país
industrial y con agenda de mayor inclusión y estado de bienestar, sino que al contrario, buscó desmontar lo que se
venía avanzando para subordinar a la sociedad al imperio de condiciones de una
minoría que se transnacionalizó de la peor manera: endeudamiento exponencial
sin desarrollo que pagamos y pagaremos todos, con ganancias privadas y costos
sociales, fuga de capitales al exterior, construcción de un Estado “Hood Robin”
sólo permeables a las fracciones concentradas del capital y en consonancia con
un orden mundial favorable a estas prácticas (paraísos financieros, etc).
Estos discursos, políticas y construcciones
institucionales favorables a las minorías privilegiadas fueron instaurados por
la dictadura. El terrorismo de estado fue el partero de la sociedad excluyente
y desigual que venimos conociendo y padeciendo varias generaciones posteriores,
a partir de contenidos y avances insuficientes en cuanto a reversión de ese
mundo hostil desplegado en que impera la fuerte escasez de oportunidades de
realización personal y colectiva.
Son las luchas políticas las
que nos hacen constituir a las mayorías como sujetos conscientes y “para sí” y
se trata de dejar atrás la “amorfidad” y la inercia funcional a la reproducción
del estado actual de cosas.
La Corriente Fundadora UNM
Marzo de 2017
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