lunes, 20 de marzo de 2017

Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia - 41° aniversario del inicio de la última dictadura cívico-militar 24 de marzo de 1976-24 de marzo de 2017


Un 24 de marzo para mantener viva la memoria que es condición para construir un futuro mejor

El 24 de marzo es una fecha triste, que nos recuerda contra qué visión de país trabajamos, militamos y luchamos. La lectura de la historia y la construcción de la memoria son actividades que están íntimamente ligadas a las exigencias del presente.  

Nada más alejado de la realidad que creer que el relato histórico no es materia de controversias. Por ello, manifestarnos en contra de todo intento por hacer retroceder lo mucho avanzado en materia de juicios, reconstrucción de verdad y memoria frente al terrorismo de Estado es una obligación que se relaciona directamente con la construcción del presente y el futuro. Desde la Corriente Fundadora UNM queremos convocar al rescate de la memoria del trauma del terror paralizante y de la resignación y el cinismo tan funcionales a la conservación del estado crecientemente hostil de las relaciones y el orden social vigente. 

Es por ello que creemos necesario en esta fecha, oponernos enérgicamente a todo intento de olvido, reducciones o convites a falsos debates (cuantitativos, omisiones, equiparaciones absurdas, etc) motivados por oscuros fines mutilantes de las posibilidades populares en cuanto a reconocerse en las mejores tradiciones de luchas y avances para aprender y orientar la historia en función de sus deseos e intereses.

Mucho de nuestro proyecto universitario tiene que ver con el pensamiento crítico y la desnaturalización del estado actual de las cosas. El compromiso por aportar a un proyecto político de sociedad en que realmente todos podamos vivir mejor es un propósito que bien puede definirse como el de desmontar, cuestionar, desandar, y recuperarnos de todo lo que implicó ese Proceso Dictatorial genocida que produjo una verdadera refundación de la sociedad, la economía y la cultura con una reorientación regresiva en todos los planos, excluyente de millones de personas e instauradora de valores destructivos de lazos sociales y de fraternidad, es decir deshumanizando e instaurando reglas de barbarie.

Asumimos el desafío de entender a la memoria y a la cultura como espacios de una lucha por el sentido vinculada a los conflictos de la actualidad. Necesitamos entender la violencia en su contexto histórico y su carácter fundante de los límites del país actual. El exterminio de personas perpetrado por el terrorismo de estado no debe ser pensado sólo como una atrocidad en sí misma, que lo es, sino también como un instrumento para una verdadera política de clase favorable a un sector minoritario de la sociedad y que fue configurando sólidos límites y condicionamientos para los intentos posteriores de profundización democrática, extensión de derechos y desarrollo económico y social. Es decir, implicó un legado poderoso que, aún en la avanzada segunda década del siglo XXI, sigue marcando la vida de todos en Argentina, más allá de los avances y recuperaciones que se lograron desde 1983, muy especialmente entre 2003 y 2015.

No exageramos si señalamos  que un programa de estudios y un proyecto de desarrollo que no piense a las personas como meros costos a bajar se define por la crítica y la oposición clara a ese mundo neoliberal de claro cuño procesista instaurado a sangre y fuego en 1976 y cuyas ramificaciones aún marcan buena parte de las estructuras sociales, culturales y económicas del país.

Vaciar la democracia con miradas y discursos de “administración técnica” de lo dado, de clausura y reducción de debates, de cercenamiento de oportunidades para millones de compatriotas, de permanente fogoneo mediático y producción de verdades para que pensemos a los otros sólo como objetos de miedo y desconfianza, es parte de la herencia nefasta de la lamentablemente exitosa política de cambio cultural y de mentalidad que generó el terrorismo de estado y cuyas raíces aún no terminamos de extraer.

Esta fecha es una nueva oportunidad para seguir definiendo como punto de partida la necesidad de seguir sacudiendo todo ese “procesismo” que en buena medida seguimos teniendo como sociedad y adentro de cada uno de nosotros.

Nos referimos a un mundo que implicó una verdadera ofensiva antipopular desde la segunda mitad de los años 70s, con su correlato de cambios filosóficos, institucionales, económicos, culturales y sociales que se impusieron hegemónicamente y que solo trajeron decadencia, desigualdad, miseria, humillaciones, alienación, regresión social y barbarie.

Una política de clase que contó con los vientos arrasadores de una nueva fase capitalista mundial, es decir, con su correlato nacional de deshacer los avances y conquistas que, con sus más y sus menos, la sociedad argentina venía logrando darse hasta los primeros años de la década de los '70s.

Sin duda, se refunda (y funde) a la sociedad. Se buscaba disciplinarla y subordinar a las mayorías para lo cual, en lo que hace a la economía política de la dictadura, había que trastocar las estructuras económicas y todo vestigio de política e institucionalidad desarrollista. Apertura comercial y liberalización financiera para beneficiar con rentas a sólo un grupo de privilegiados: la valorización financiera de capitales en reemplazo de la acumulación de capital con eje en la producción. Esto implicó el inicio de una fase larga de caída del PIB per cápita, desindustrialización sostenida, baja del valor agregado nacional, alza de la desocupación, precarización laboral, desigualdad, pobreza e indigencia, concentración y centralización del capital, mayor inestabilidad macroeconómica, extranjerización y dolarización, multiplicación del endeudamiento externo y la fuga de capitales al exterior, transnacionalización de actores nacionales. Así se empezó a hablar de indigencia, un fenómeno desconocido en la Argentina previa a los años 80s. con la inflación de mascarón de proa para legitimar, junto con la represión, la aceptación de políticas de ajuste y regresión.

Un endeudamiento externo que creció un 25% anual acumulativo entre 1975 y 1983, pasando de 7,7 45,9 mil millones de dólares. Los obreros industriales fueron un 37% menos en 1983 que en 1975, sólo una estación macabra de su proceso de reducción hasta casi un tercio en 2001 (de 1,3 millones de trabajadores a 500.000 en 2001). La participación de los asalariados en el ingreso nacional pasó súbita e inéditamente del 48% en 1975 al 30% en 1977.       

El Torino o el Chevy, por citar autos emblemáticos de aquellos tiempos, tenían hasta mediados de la década del 70 no menos del 70% de partes y componentes fabricados en el país y, detrás de eso, empleos y salarios, mercado interno, extensión de la clase media, una historia de expectativas de movilidad social ascendente. Algunos proyectos de infraestructura y de sustitución de importaciones avanzaban. La divisoria de aguas de 1976, como decimos en nuestros cursos, no fue para resolver y superar, para encarar desafíos nuevos de progreso a partir de ese piso previo de “densidad nacional” nada despreciable, sino para tirar “el agua sucia con el niño adentro de la bañera” (cierta maduración industrial y avance tecnológico nada despreciables, cultura de trabajo, alto nivel de empleo, desarrollo urbano, un Estado activo, etc.) .

Se modeló el país condenando a millones de personas que pagaron muy caro toda esta transformación salvaje, en claro sentido de verdadero retroceso y destrucción económica y social. Daños perdurables, moldeo de sociedad y mentes de los cuales no nos hemos recuperado todavía en una escala amplia. Las modificaciones del paisaje de nuestro Conurbano Bonaerense han sido elocuentes, siendo un área urbana cuyo desarrollo de servicios e infraestructura estaba especialmente ligado a la industrialización.

Inocularon confusión, nuevo tipo de expectativas materiales y aspiracionales a alguno grupos sociales que fueron desligando crecientemente sus pretensiones y proyectos de vida respecto de la suerte de las mayorías. Es decir, reclusión individualista y alienante de corta mirada que supone una sociedad parcelada y estratificada, con ruptura de lazos solidarios que solo puede generar violencia y deterioro de calidad de vida de todos, incluso para muchos de los pocos privilegiados que puedan recluirse en fortalezas de lujo y entretenimientos autistas, sólo con apariencia de bienestar.

Es un mundo incompatible con la democracia real, que da lugar y protección a todos, que extiende derechos de ciudadanía y que es la negación de ley de la jungla neoliberal instaurada. Republicanismo excluyente, institucionalismo para unos pocos privilegiados incompatible con verdaderos contenidos democráticos.

Contar con dólares baratos asignados a cualquier fin que no sea prioritario no puede ser un derecho de todos en una economía periférica y subdesarrollada, con una estructura productiva desequilibrada. No se puede pretender el acceso a patrones de consumos sofisticados y propios de élites de países centrales sin correlato de exclusión masiva de otras personas. No se pueden adoptar visiones económicas inspiradoras de políticas recesivas  que solo traen desempleo y caídas salariales, y que en realidad suelen ser resultados deliberadamente buscados para el disciplinamiento social y la transferencia de ingresos en favor de minorías sin ninguna vocación por legitimar la misma con decisiones de inversión productiva que activen motores de progreso para la ciudadanía toda.

Hablar de la generación de un clima de negocios, confianza y seguridades jurídicas, no es más que un discurso clasista que nada explica, tal como verifica la historia, pero sí chantajea para eliminar conquistas, inducir la culpa y la renuncia a derechos y, en definitiva, deteriorar las condiciones de vida de las mayorías populares.

Es el programa económico, la visión elitista y el modelo de sociedad de clara descendencia “procesista” el que nunca parece retirarse y quedar sepultado, pareciendo confirmar el mito de un “eterno retorno” que nubla la visión de que, en realidad, la historia siempre está abierta al cambio de orientaciones, no tiene porqué repetirse y lo propio de lo humano mismo y la vida tiene mucho más que ver con la permanente modificación y transformación de las condiciones reinantes.  

El denominado Proceso no implicó respuestas superadoras a las insuficiencias históricas de un deseable país industrial y con agenda de mayor inclusión y estado de bienestar, sino  que al contrario, buscó desmontar lo que se venía avanzando para subordinar a la sociedad al imperio de condiciones de una minoría que se transnacionalizó de la peor manera: endeudamiento exponencial sin desarrollo que pagamos y pagaremos todos, con ganancias privadas y costos sociales, fuga de capitales al exterior, construcción de un Estado “Hood Robin” sólo permeables a las fracciones concentradas del capital y en consonancia con un orden mundial favorable a estas prácticas (paraísos financieros, etc).

Estos discursos, políticas y construcciones institucionales favorables a las minorías privilegiadas fueron instaurados por la dictadura. El terrorismo de estado fue el partero de la sociedad excluyente y desigual que venimos conociendo y padeciendo varias generaciones posteriores, a partir de contenidos y avances insuficientes en cuanto a reversión de ese mundo hostil desplegado en que impera la fuerte escasez de oportunidades de realización personal y colectiva.

Son las luchas políticas las que nos hacen constituir a las mayorías como sujetos conscientes y “para sí” y se trata de dejar atrás la “amorfidad” y la inercia funcional a la reproducción del estado actual de cosas.

La Corriente Fundadora UNM
Marzo de 2017