En particular, en nuestro caso se indica erróneamente para la base del cálculo, la cantidad de 1.107 estudiantes como divisor del monto del presupuesto del año próximo (determinado en 110 millones) lo que daría lugar a un presupuesto varias veces mayor al de las megauniversidades tomadas como referencia del "gasto óptimo". Mas allá de la falacia de la intencionalidad de las notas, se realiza un calculo erróneo ya que los alumnos de la Universidad al cierre de 2014, totalizan 5.686 a los que deberán adicionase el año próximo los ingresantes que resulten de los mas 4.400 aspirantes preinscriptos a la fecha según a informado la Universidad.
Es por ello que queremos compartir la siguiente nota de opinión que refleja algunas consideraciones compartidas sobre el alcance de la creación de las nuevas universidades en este momento histórico y que creemos deben ser el disparador de un amplio debate no solo en nuestra comunidad universitaria sino en todo el sistema universitario público. Invitamos también a todos los compañeros que deseen expresar su opinión en este sentido con el animo de dar comienzo a un debate público.
LAS
UNIVERSIDADES DEL BICENTENARIO: UNA REVOLUCION SILENCIOSA
Lic. Hugo
Andrade[1]
Con frecuencia se discuten los aportes del Estado
Nacional para el sostenimiento de las Universidades Nacionales, suscitando debates
de dudosa rigurosidad, acerca de la racionalidad de las decisiones,
particularmente, en lo que atañe a las de reciente creación, sobre la base de
argumentos de eficiencia estática en sentido económico.
Queremos contribuir a este debate, ampliando la
perspectiva desde la cual parece pensarse la cuestión. Creemos que la pregunta
acerca de si deben o no crearse y ponerse en funcionamiento nuevas
instituciones educativas no puede responderse, so pena de un reduccionismo
meramente instrumentalista, sin reflexionar acerca de los fines de la Universidad
como institución en la Argentina del Bicentenario.
Algunos parecen entender este debate como una
discusión restringida a la "localización" de las partes de un sistema,
localización que parece ser pensada, sobre todo, con base en un criterio de
"eficiencia”. Existe algo así como un modelo jerárquico implícito en
muchas de las críticas surgidas en el debate, según el cual, en algunos
lugares, corresponde que se desarrolle el quehacer universitario pleno,
mientras que, en otros, sólo resulta "racional" que las instituciones
preexistentes se alleguen a "prestar servicios universitarios". Esto
resultaría en una distribución más "racional" de los recursos
destinados al sistema público universitario.
Así, la distribución actual de los
"recursos" del sistema (edificios, docentes, presupuesto, etc.) es
naturalizada como un punto estático de equilibrio y cualquier decisión en
contrario es “nivelar para abajo”; sólo hay que hacer lo que la distribución
vigente permite. Allí donde el capital y las capacidades humanas acumuladas así
lo hagan posible, habrá vida universitaria y pleno despliegue de su
institucionalidad. En el resto, habrá "prestación de servicios". Una
geografía jerarquizada, con centros, periferias y trayectos de un sólo sentido.
El planteo es idéntico al de las leyes inexorables de la economía ortodoxa, en
el cual “alterar la dotación de factores” resulta ineficiente.
A la luz de la
abundante experiencia, las necesidades de acceso y formación en las zonas periféricas
nunca ha podido ser adecuadamente satisfecha por las megainstituciones
educativas de los grandes centros urbanos, por resultar menos inclusivas de
aquellos con menor capital cultural y presentar ciertas limitaciones para desarrollar
vínculos mutuamente enriquecedores con los actores y requerimientos sociales y
productivos locales.
Por otra parte, esta pseudoracionalidad cumple una
función esencialmente conservadora del statu quo y del balance de poder
relativo de los principales actores institucionales del sistema, que avizoran
como amenazante la presencia de los nuevos miembros. No es ocioso recordar que
el área metropolitana de Buenos Aires no es un espacio integrado y homogéneo, más
bien expresa las desigualdades y concentraciones que dominan nuestra sociedad.
En este sentido, la reciente creación de Universidades en sus distritos de
borde, donde predominan relativamente los bajos ingresos, los empleos menos
calificados y diversas barreras de acceso a la educación superior, expresan
como pocas veces, la voluntad colectiva de asegurar la igualdad de
oportunidades y una redistribución de los recursos con fines de utilidad social.
Política
y Técnica. El lugar de la planificación
La creación de nuevas universidades no debe ser
pensada desde un criterio ilustrado, fundado en la autoridad real o presunta de
los especialistas; demasiadas veces, la misma ilusión tecnocrática ha ganado espacio
en el proceso decisorio y sus resultados han sido enormemente decepcionantes. No
es una cuestión que se decida desde la razón técnica, sino que es una cuestión
esencialmente política.
A modo de ejemplo, cabe preguntarse cuál sería el
criterio utilizado para determinar que "una demanda" está
"satisfecha". ¿A qué distancia debe estar una universidad de otra
para que la distribución de recursos resulte "racional"?. ¿Cómo debe
calcularse la misma en un área metropolitana como la de Buenos Aires?. Cómo
tomar en cuenta, en este cálculo, el hecho de que la distancia mencionada no
constituye un medio homogéneo y transitable en todos los sentidos, sino un
medio plagado de los obstáculos que han materializado las desigualdades
sociales de quienes lo habitan.
Se parte del error de considerar
al sistema y su funcionamiento como un juego de suma cero, reduciendo la
cuestión a la puja por recursos escasos. Un cabal ejemplo de lo que ha
significado la creación de universidades nuevas en esta última década, es el
caso de nuestra Universidad Nacional de Moreno situada en el 3º cordón del
conurbano bonaerense. Creada por Ley del Congreso de la Nación en 2010 inició
su primer ciclo lectivo en 2011, a la fecha cuenta con casi 6.000 alumnos
matriculados y dictando 11 carreras de grado universitario y ciclos de
licenciatura a partir del 2015, registra más de 4.000 aspirantes inscriptos
para el próximo ciclo lectivo; y exhibe el singular indicador de que el 70% de
sus estudiantes y aspirantes son primera generación de egresados del nivel
secundario en sus hogares, lo cual denota un fenomenal hecho de movilidad
social y desafío de inclusión para esta casa de estudios.
Sin duda, esta matricula resultante
de la creación de la Universidad que, en un 93% es primera generación de
estudiantes universitarios en sus hogares, constituye una expansión del sistema
en su conjunto, ya que se trata de la incorporación neta de estudiantes al
mismo, además de una expresión del reto pendiente del sistema universitario en
su conjunto por la inclusión social.
Universidad y Nación en el Bicentenario
Entendemos que es necesario repensar los términos
de este debate para plantearlo sobre un eje de mayor alcance que el de la
eficiencia económica y que ponga en juego, explícitamente, la racionalidad
sustantiva de la vida universitaria en la Argentina actual. A nuestro juicio,
no se trata de pensar al sistema universitario solamente como una disposición
de medios con arreglo a fines preestablecidos y estandarizados sobre la base de
las funciones canónicas de: formar profesionales, producir ciencia, inclusive
prestar servicios; por lo cual, tan solo se trataría de lograr una “disposición
cada vez más eficiente de sus recursos” para cumplir con esas funciones.
Es decir, no se trata sólo de formar
"recursos humanos altamente capacitados", ni de prestar
"servicios de alta especialización". La creación de nuevas
universidades no puede ni debe agotarse en la tríada de funciones señalada. La Universidad
no sólo debe producir profesionales y patentes, sino que debe contribuir, desde
su especificidad y su historia institucional, a la creación de aquellos lazos e
identidades que permitan recrear el tejido social de la Nación para su propio
desarrollo como colectivo social. Es en este marco en el que cabe reflexionar
acerca de la cuestión de la "inclusión social". Se habla de ello como
si se tratara de reposicionar a ciertos elementos individuales en una malla
social en la que han perdido su lugar. En este sentido, más que incluir a
individuos en un tejido social, lo que se naturaliza es asignar un lugar
instrumental desde lo económico o lo político, y no recrear el mismo lazo
social en el cual los sujetos pueden construir una identidad y un sentido
propio, que habilite la formulación de objetivos personales de progreso y
contribución al conjunto, desde un ámbito tan y especialmente propicio como una
comunidad universitaria situada.
Bajo las premisas dominantes, construir estadísticos
de eficiencia estática comparativa, resulta tan falso como inútil para evaluar
no sólo la pertinencia y eficacia de una decisión política de esta naturaleza,
sino, en particular, la asignación óptima de recursos públicos entre las partes
del sistema universitario; tal el caso de determinar el “presupuesto público diario
por alumno” comparando universidades de reciente creación -que aún no han
concluido el dictado completo de sus carreras, ni cubierto su dotación mínima
de infraestructura educativa-, con megainstituciones que cuentan con equipamientos
e infraestructuras completamente amortizadas y por tanto, costos fijos casi
nulos.
Una
revolución silenciosa
Creemos que la creación de instituciones de
educación superior constituye una revolución silenciosa por su poder para agregar
nueva densidad al tejido social, para catalizar la capacidad simbólica de los
distintos grupos para realizarse en tanto comunidad local y pensarse como parte
de un todo más amplio, de una identidad colectiva de más amplio alcance, en el
que los actores locales pueden incorporar nuevas definiciones, instrumentos y
sentidos que les permita enriquecer su identidad y ampliar su marco de
referencia, y para superar la
desigualdad y exclusión, como estrategia para alcanzar un desarrollo
sustentable del país en su conjunto.
En suma, las universidades nuevas responden a la
necesidad de democratizar el conocimiento y proveer a la investigación y
desarrollo tecnológico aplicados a fines socialmente útiles y a la vez, alcanzar
una mejor relación de cobertura de la educación superior en relación son la
distribución geográfica de la población argentina; es decir, se da un paso más
hacia el objetivo inmanente de redistribuir el poder, la riqueza y el
conocimiento para construir una sociedad más equitativa y que posea las
condiciones endógenas necesarias para llevar a cabo un proceso de desarrollo
sostenido.
Sin duda, las nuevas universidades están llamadas
a ser lugares donde se piense y se recree la Nación Argentina del siglo XXI y
donde las comunidades locales se realicen a sí mismas como partes de ese todo.
Recrear la Nación Argentina en el Segundo Bicentenario, requiere la configuración
del tejido institucional que permita sostener e integrar los lazos sociales y
las identidades particulares, en un marco de referencia colectivo más amplio, y
canalizar y enriquecer su potencial contribución a un proyecto de desarrollo
nacional con inclusión social.
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